Hace unos días leí un artículo de un buen amigo, donde se mostraba perturbado, molesto quizá por muchas de las cosas que pasan hoy en el mundo. No estoy hablando directamente de política ni mucho menos, sino de injusticias “variadas” y otros temas existenciales que bajan el ánimo.Suscrito

Hoy, hablando con mi esposa, me contó de una persona que le dijo que le gustaba leer lo que escribo, porque le resulta inspirador, porque le sube el ánimo y le lleva a investigar de esos temas, y a querer aprender más. En ese preciso instante me emocioné, se me aguaron un poco los ojos (creo que estaba cortando una cebolla, para ser honestos) y pensé o dije, como muchas veces antes, que uno tiene que seguir adelante siempre, con lo que uno cree que está bien y es valioso.

Cada día dejamos un recuerdo en otras personas a través de nuestras acciones. Una sonrisa, una palabra amable o un consejo dado en el momento adecuado pueden ser más poderosos que las nubes más oscuras, más significativos que los obstáculos que aparecen en el camino. Estos gestos simples a menudo generan un impacto que trasciende lo que imaginamos. Es un recordatorio de que nuestras elecciones cotidianas, por pequeñas que sean, tienen el potencial de crear conexiones y emociones duraderas y significativas, de esas que cambian el camino a recorrer.

Muchos grandes creadores, artistas y figuras inspiradoras a lo largo de la historia a menudo perseveraron en su obra por la satisfacción que les brindaba, y no simplemente por el aplauso. Esta mentalidad los diferencia de las masas, que a menudo priorizan la validación sobre el cumplimiento personal. Estas personas encarnan el espíritu de los “bordes redondos en agujeros cuadrados, los rebeldes, aquellos que ven las cosas de manera diferente” (supongo que saben de dónde sale esa cita). Su trabajo destaca, capta nuestra atención y nos impulsa a profundizar, a entender qué los hace únicos.

Por eso es importante hacer lo que sentimos que está bien, independientemente de si otros lo están haciendo o no. No se trata de seguir tendencias ni de buscar aprobación, sino de alinearnos con nuestros valores y pasiones. Cuando nos enfocamos en lo que nos trae satisfacción y nos permite dormir tranquilos por la noche, a menudo hacemos una diferencia de maneras que tal vez nunca lleguemos a comprender por completo.

A veces, son las acciones más pequeñas, nacidas de la autenticidad y la intención, las que resuenan más profundamente en los demás. Hace poco recordé, en una entrevista hablando de mi libro y de otras cosas, que siempre he apoyado las ideas, emprendimientos y demás aventuras de mis amigos y conocidos (en la medida de lo posible, a veces no me da la vida). Infinitos los consejos, llamadas, GoFundMe, libros, sitios web, Patreones, sites y demás, sin ningún ánimo mas allá de darles así sea un pequeño empujón que los motive a seguir adelante, a que aparezca una chispa de esperanza, inspiración o consuelo. La belleza de esto es que no depende de la validación externa; está arraigado en la confianza silenciosa que proviene de hacer lo que creemos correcto.

Mientras seguimos nuestros propios caminos, recordemos el poder de nuestras acciones cotidianas y la posibilidad de que puedan dejar una huella duradera en el viaje de otra persona. Al fin y al cabo, son estos momentos pequeños y genuinos los que a menudo tienen el mayor peso, dando forma a los recuerdos e historias que perduran mucho después de que el momento haya pasado.

Pero más importante que todo, mantengamos siempre nuestra autenticidad, lo que somos (no estoy hablando de perfecto e inmaculado, sino a lo que uno es y ya, hacer lo que queremos hacer, decir lo que queremos decir -sin ser ofensivos-), porque al final, esa actitud es la que nos hace querer repetir mañana lo que logramos hoy.